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Un poquito de mí

  • Foto del escritor: Ana Laura
    Ana Laura
  • 16 abr 2024
  • 3 Min. de lectura

Hace unos años me topé con un artículo que hablaba sobre la “aphantasia”, o afantasía en español. Es una condición (no una discapacidad ni una enfermedad) que afecta a un porcentaje muy pequeño de la población y está relacionado con la incapacidad de visualizar imágenes en nuestra mente. Se refiere principalmente al pensamiento libre de imágenes, aunque en algunos casos puede extenderse a los otros sentidos (oído, sabor, olfato y tacto).


¿Les confunde esto? A mi también. De hecho, fue una de las epifanías más grandes que he tenido.


La forma más fácil de explicarlo es pidiéndoles que imaginen un gato. ¿Les viene a la mente una imagen de él? ¿De qué color es? ¿Qué está haciendo? ¿Pueden escuchar su ronroneo?


Aparentemente, la mayoría de las personas pueden “ver” una imagen realista de un gato en su mente. Pero, como muchas de las cosas en esta vida, no se limita a blanco o negro. La imaginación es un espectro. Si bien la mayoría de personas pueden visualizar cosas en su mente, unas cuantas lo experimentan de manera más intensa, con excepcional claridad. Su imaginación es tan vívida que es casi como si el objeto realmente estuviera allí.



En el otro extremo se encuentran aquellas personas que no pueden visualizar absolutamente nada. Yo pertenezco a ese pequeño grupo. No puedo imaginar ni objetos, ni personas, ni lugares. Simplemente carezco de ese sistema de “visualización”.


No se cómo explicarles lo que sentí al enterarme que cuando me pedían crear una imagen mental no lo hacían retórica ni metafóricamente. Siempre había asumido que todos imaginábamos de la misma manera.


¿Recuerdan los ejercicios de relajación en los que les piden cerrar los ojos e imaginar que están caminando sobre pasto recién cortado, escuchando el canto de los pájaros y sintiendo el leve cosquilleo de la grama bajo sus pies? ¿O quizá una caminata en la playa, escuchando el reventar de las olas en la orilla, con el viento rozando sus mejillas y el salado olor a mar?


No entendía cómo esto podía resultar relajante para alguien. Yo no veía el mar, no escuchaba a los pájaros y mucho menos sentía el sabor a sal que traía el viento. Claro, todos estos eran elementos que de alguna u otra forma reconocía y recordaba, pero no podía experimentarlos por el simple echo de pensar en ellos.


Me reconfortó comprender que esto tenía una razón de ser.


Regresando al gato, el echo de no poder visualizar ninguna imagen no significa que no tengo la capacidad de describirlo. Claro que puedo hacerlo, incluso decirles qué podría estar haciendo. Lo que importa acá es la idea del gato. No tanto sus detalles visuales o sensoriales. De esta forma, lo que hago es asociar conceptos abstractos para describirlo.


Las personas con afantasía debemos apoyarnos en maneras alternativas para entender el mundo que nos rodea. Esta condición afecta no sólo cómo recordamos, sino también cómo imaginamos futuros escenarios, e incluso cómo soñamos. Quizá por eso se me dan tan bien las palabras, mi mente es mucho más conceptual y se enfoca en describir la esencia de las cosas.


¿Cómo me afecta esto en el día a día? Realmente no puedo saberlo. Estoy convencida de que no podemos extrañar lo que no conocemos o aquello que nunca tuvimos, así que solamente me queda compararlo desde lo que creo que las demás personas experimentan.


Afortunadamente, estas imágenes mentales no son indispensables para sobresalir. A pesar de que no hay muchos estudios al respecto, los resultados apuntan a que las personas con afantasía solemos ser más analíticas que las demás. Y, en cualquier instancia, no es poco común descubrir que nuestra experiencia imaginativa no cumple con las normas.


Todos somos seres únicos y experimentamos el mundo de maneras diferentes, así que ¿por qué no explorar el potencial completo de nuestra mente?


Con esto, ya solo me queda preguntarles:

Y ustedes… ¿cómo imaginan?

 
 
 

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